Cuando se considera la magnitud de la catástrofe que se abatió sobre el reino de Judá en el 586 a.C., resulta asombroso que el pueblo de Israel no haya desaparecido de la historia como tantas otras naciones del Antiguo Oriente. Jerusalén fue arrasada, el templo incendiado y buena parte de la población llevada al exilio (2 R. 25:8-11).
Entre los que más contribuyeron a mantener despierta la conciencia de los israelitas en el exilio ocupa un lugar preeminente el profeta Ezequiel, autor del libro que lleva su nombre (Ez.). Situado en el límite de un mundo ya muerto y de otro que debía nacer, su mensaje profético está lleno de evocaciones del pasado (cf. Ez. 16; 20; 23), de referencias a la situación presente (cf. 18:2, 31-32) y de promesas de salvación para el futuro (caps. 36 - 37).
Entre los que más contribuyeron a mantener despierta la conciencia de los israelitas en el exilio ocupa un lugar preeminente el profeta Ezequiel, autor del libro que lleva su nombre (Ez.). Situado en el límite de un mundo ya muerto y de otro que debía nacer, su mensaje profético está lleno de evocaciones del pasado (cf. Ez. 16; 20; 23), de referencias a la situación presente (cf. 18:2, 31-32) y de promesas de salvación para el futuro (caps. 36 - 37).